Ana
lanza una mirada mísil, que estalla en la butaca de la tercera
fila del cine Cosmos.
La
mirada rápidamente se transforma en una muralla.
La
intento quebrar sin éxito, con alguna sonrisa torpe.
Ana
se mantiene inmutable, con lás pupilas atadas a la pantalla.
La
muralla se vuelve cada vez mas fuerte, mis intentos por quebrarla son
en en vano, se evaporan una y otra vez en el aire, cargado de humedad
y olor a cuero gastado de la sala.
El
proyector escupe el último fotograma de ¨La Ciénaga”, luego de
noventa minutos de silencio atroz.
Ana
despega del suelo y se arroja hacia la salida, desplazándose a la
velocidad de la luz.
Atraviesa
la puerta de la sala y aprieta el acelarador, en dirección a la
Avenida 9 de Julio, con la esperanza de perderme el rastro entre una
multitud de cuerpos afiebrados, que transitan la arteria del sábado
por la noche.
Ana
se detiene repentinamente frente a la fachada del Teatro San Martín
y suspende la huída.
Aprovecho
la pausa y por fin logro alcanzarla. Me instalo a escasos metros,
como un voyeur que busca desesperadamente no ser descubierto por su
presa.
Me
dedico a contemplar su figura imposible, bañada por la luz rebelde
de una marquesina ,
que
emerge de un cartel polvoriento del Teatro.
A
pesar del bullicio y del concierto de ruidos inútiles, me dejo
perder una vez más en la curvatura infinita de sus labios, en el
desierto que cuelga debajo de sus párpados, en la suave ínea
construida alrededor de sus senos , en la geografía perfecta de su
cuello, dibujada una y otra vez , en más de una noche consumida por
el insomnio.
Al
principio, mis frecuentes visitas al caserón de la Calle Serrano,
perseguían como único objetivo, la búsqueda del fantasma
literario de Julio Cortazar, ilustre inquilino que habitase la
propiedad en la década de los cuarenta, antes de su exilio
definitivo en tierras parisinas.
En
los límites de aquel caserón, anclado en el corazón palpitante de
la Plaza Serrano, tal vez encontraría un manuscrito oculto, un
borrador inédito o una carta de amor escrita en la adolescencia
del autor. Pero el tesoro literario nunca fue hallado y mi plan, como
tantos otros planes tejidos en el calendario, acaba siendo devorado
por las fauces del olvido y masticado por la desidia.
Años
mas tarde, ya instalado en mi exilio al otro lado del Atlántico, de
vez en cuando vuelve a asaltar mi memoria la geografía de cada una
sus habitaciones, el trazado imperfecto de las escaleras, la
colección de grietas aferradas al cielorraso, el sonido de la voz
de Ana, invadiendo cada lalitud y longitud de la casa de la Calle
Serrano, se resiste a desaparecer y se aferra con las uñas al
hemisferio izquierdo del cerebro.
Ana
gira 360 grados, la luz pálida, instalada en la piel de la
marquesina, la abandona subitamente, déjandola húerfana en las
sombras. Ella descubre de inmediato mi escondite y avanza con los
pies apretados al suelo, dispuesta a fusilarme sin piedad, con
alguno de sus viejos reproches, a los que ya me tiene acostumbrado.
El
aire se vuelve insoportablemente denso, la tensión entre los dos
cuerpos enfrentados, crece y se hace cada vez mas fuerte,
descosiendo los cordones del segundo.
Subitamente,
la piel del asfalto se congela y se un iceberg , que nos aisla del
resto de la multitud .
Me
dispongo a recibir el disparo letal, abandonando cualquier atisbo de
resistencia.
Me
abrazo a la idea una despedida inevitable, que estremece con
violencia la carne y sacude los cimientos de las venas.
Ana
estira la mano en cámara lenta, desprende una caricia distante y
huérfana.
La
caricia es efímera, divorciada del resto del cuerpo y se desvanece
de forma inmediata,
apenas
entra en contacto con la superficie cobarde de mi piel.
Ana
construye una frase amable y conciliadora, que me devuelve el aliento
secuestrado en la penumbra del cine Cosmos.
Las
paredes del iceberg de quiebran y los dos pactamos una
reconciliación a medias. Ana apunta la brújula hacia el lado Norte
del Obelisco y me propone apagar la sed de la noche, en una mesa
abrazada a la ventana del café Premiere.
Finalmente
rematamos las sobras de la noche en el laberinto de una conversación
inútil, que acaba naufragando con los primeros aullidos del alba.
Ana
es la primera en abandonar la mesa. Se zambulle en el asiento de un
taxi,
de
regreso a su pequeño y confortable Universo de la Calle Serrano.
En
cuanto a mí, aniquilo la cuenta y me arrastro en en el Desierto de
la Calle Pueyerredón,
hasta
alcanzar el primer tren que descansa en las vías dormidas de la
Estación Once.