Friday, August 15, 2014

Mudanza

Arrasan con todo.
los muebles apuran el exilio
las paredes crían legiones de húerfanos
las grietas trepan como moscas,
los relojes mojan las agujas en el crepúsculo.

Arrasan sin piedad.
Las habitaciones conspiran un luto sin cadáver,
los salones entierran las patas en el polvo,
las ventanas se alimentan con ceguera,
los cimientos se amotinan,
el cielorraso pierde su Norte
y busca refugio en un cielo suburbano.

Arrasan y embisten
Contra hermanos, padres e hijos.
Atamos los días a la soga del insomnio,
Sembramos silencios, en las vestiduras de la noche,
Boxeamos el tiempo, enfundado con guantes de bestia,
Esperamos, armados con la sed de la agonía.

Agua

La inundación avanza sin piedad
se ahogan las putas del Este del Raval ,
los dealers lisiados, los yonquis tartamudos del Gótico,
los obreros sin espalda de Sants,
los noctámbulos ciegos del barrio de Gracia.

Una ola amputa los pies de la Sagrada Familia,
arrastra los colosos modernistas del Paseo de Gracia,
las estatuas a la deriva,
navegan en una marea imposible,
y se hunden en las profundidades del Arco del Triunfo.

La marea azota los bazares chinos de Poble Sec,
siembra el pánico entre turistas descalzos de la Rambla,
Lanza un latigazo demoledor contra la cabeza de Colón,
y la entierra junto a los peces de Vía Laietana.

La ciudad se hunde en una nube de silencio,
las calles se evaporan del mapa,
las esquinas son borradas del satélite,
los transeúntes devorados por el Mediterráneo.

La Balsa

Y un día no muy lejano, Buenos Aires se desprendió del continente, levó anclas y se transformó subitamente en una balsa gigante, que avanzó a través de la ribera del Río de la Plata, rozando peligrosamente las costas uruguayas. Del otro lado del Río de la Plata, los uruguayos contemplaban como espectadores de lujo, el increíble fenómeno ,que esa mañana sacudía la tranqulildad montevideana. Aunque en el fondo , no se dejaban sorprender demasiado, quizás por aquel viejo mito popular, que afirma que sus vecinos, siempre han tenido los ojos demasiado apuntados hacia Europa y soñado con arrancarse de un tirón, ese pesado karma de habitantes del fin del mundo.
Un centerar de científicos fueron convocados en el Aula Magna de la Facultad de Ciencias Naturales de la Avenida Córdoba. Tras realizar comprobaciones físicas, cálculos matemáticos y análisis geológicos de alta precisión, realizados con con aparatos con tecnología defectuosa y obsoleta, los científicos llegaron a una conclusion casi unánime: el hundimiento seria inevitable y se produciría en el preciso instante, en que la improvisada ciudad- balsa alcanzase la línea oeste del Meridiano de Greenwich, a la altura aproximada del paralelo de Groenlandia.

En cuanto a mí, en calidad de extranjero exiliado en el Viejo Continente y movilizado por un violento ataque de nostalgia, cultivada a traves de los años con pulsaciones de Piazzola y Cronopios de Cortazar, decidí reunirme con varios de mis compatriotas, agolpados desde primeras horas en las puertas de la embajada en Madrid, a la espera de noticias.
La fantasía del retorno, construida en mas de una noche de insomnio, ahora se hacía realidad y de manera impensada. El sur cruzaba a nado el inmenso charco de agua que desde siempre nos había estado distanciando.Claro que el nuevo escenario abría ciertas dudas en el horizonte y algunos , los mas pesimistas, especulaban con que el destino final no sería la península ibérica, sino que la balsa acabaría desembarcando en lejanas tierras Australianas.
A todo esto, los porteños, verdaderos protagonistas de la historia, ahora convertidos en improvisados pasajeros de una ciudad flotante, intentaban mantener la rutina y el caos cotidiano, aunque estaba claro que nadie era ajeno al fenómeno, que invadia las charlas de café, programas de radio y tertulias de televisión, desplazando a un segundo plano los acalorados debates políticos y las siempre eternas discusiones sobre fútbol. La idea de convertirse en europeos, dividía a la sociedad entre sus partidarios, en su mayoria familias Aristócratas de Bario Norte y sus detractores, humildes habitantes de las zonas pobres del Sur y fervientes defensores de la tradición latinoamericana.
Sin embargo ambas partes enfrentadas, coincidian en que en caso de un probable y casi seguro hundimiento, las primeras en saltar del barco serían las ratas de la Calle Balcarce.
Finalmente, luego de dos días de intensa navegación, a una velocidad promedio de unos doscientos nudos por hora, casualmente la misma alcanzada por el Titanic antes de chocar su trompa contra un un iceberg, la proa de la balsa acariciaba la linea oriental del temido Meridiano de Greenwich.

El aire cortó las garagantas de las ciento doce personas agolpadas frente a las puertas de la embajada de Madrid, incluso la mía, que esperaba junto a los demás un deselance trágico, similar al del famoso Trasatlántico.
Pero contra todo pronóstico, el hundimiento no se produjo y la balsa detuvo los motores,treinta metros antes de alcanzar la linea de Greenwich. Una inmensa sensación de alivio recorrió velozmente las calles de Buenos Aires, destrabando los estómagos anudados de sus diez millones de habitantes.
Lo cierto es que la balsa no se hundió, pero tampoco siguió avanzando, estancándose en el medio del océano. El resultado provocó una ola de desilusión en la multitud reunida en la embajada, que poco a poco fué abandonando las inmediaciones del edificio de Gran Vía, regresando a casa con amargo sabor de desilusión en la boca.
Pasaron los dias, pasaron los meses y los años. La noticia sobre el fenómeno se fue desvaneciendo, hasta transformarse en una simple anécdota. Los debates políticos y las apasionadas discusiones sobre futbol volvieron a ocupar su lugar de privilegio en las charlas de café, condenando al olvido el viejo sueño de convertir a Buenos Aires en la nueva Paris.
En cuanto a mí, sigo alimentando mi nostalgia crónica con pulsaciones de Piazzola y Cronopios de Cortázar, aunque en el fondo, guardo esa pequeña aunque débil esperanza, de que algún día, no demasiado lejano, podré recuperar mi karma de habitante del fin de mundo.




Miles

Miles lanzó un Sí bemol gigante.
La nota se escapó del vientre de la trompeta,
acarició los labios del contrabajo,
perforó el útero redondo de la bateria.

Atravesó los muros del café del Greenwich,
Invadió los corazones negros del Harlem,
Estremeció las jeringas de los dealers de la quinta Avenida,
Sacudió el estómago hambriento de los beatniks de la plaza Washington,
explotó el cráneo de un escritor hundido en un motel del Bronx,
y cruzó a pié el Puente de Brooklyn,
hasta mojar los pies desnudos en la ribera del Río Hudson.

Arden

Arden las estrellas,
perforan agujeros de la Noche
Arde la Naturaleza, cría sordos como avispas.
Arden los Dioses,
las canciones de cuna,
los locos que arañan la estratosfera,
los Océanos que abortan puertos,
los días que escupen calendarios.

Y mientras todo arde,
las llamas devoran ciudades
los ojos construyen cárceles
la piel late dudas,
y la carne, cansada, estrangula sueños,
que arden, arden, arden
hasta convertirse en polvo sucio.

Wednesday, August 13, 2014

Insomnio II

La mano errante,
la noche degollada por el desvelo,
piel atada al cielorraso,
al silencio masturbado,
a la muerte quieta,
a los pies de una habitación, boca arriba,
sedienta, ardiendo en los párpados,
en la comisura delgada de los labios,
desnuda en un océano,
durmiendo una siesta debajo de la almohada.

Latitudes

Apoya los pies en el trópico de Cáncer
la brújula se divorcia violenta del Sur,
el horizonte muerde un pedazo de Hemisferio,
Su sombra ya no deja cicatrices,
ni huellas impregnadas en el espacio.
Su aroma se pierde en un enjambre matemático,
de calles y avenidas que disparan edificios.

Los años aplastan días, con sus patas de elefante,
La rutina ensaya golpes contundentes de Nocaut,
Las células desafian la ley de la gravedad,
La sangre brota en cámara lenta,
y se arrastra torpe en la carretera de venas.
En una mañana de piel áspera,
de nubes degolladas por la brisa de Enero,
El decide olvidarse de sí mismo, aferrándose a una grieta.

Manifiesto


Escribir es desafiar la ley de gravedad de las palabras.

Es lanzar una patada en el ojo de la monotonía.

Es recibir una caricia abortada de Dios.

Es arrancar un silencio valiente, en medio de tanto ruido cobarde.

Es iluminar un desierto de sombras cotidianas.

Es disparar una bala contra el cráneo de la Tristeza.

Es jugar al ajedrez en el tablero absurdo del Tiempo.

Escribir es emborracharse con el sorbo de un párrafo.

Es Masturbarse con el gemido de un verbo.

Es desnudar la Muerte con el susurro de una frase.

La ciénaga

Ana lanza una mirada mísil, que estalla en la butaca de la tercera fila del cine Cosmos.
La mirada rápidamente se transforma en una muralla.
La intento quebrar sin éxito, con alguna sonrisa torpe.
Ana se mantiene inmutable, con lás pupilas atadas a la pantalla.
La muralla se vuelve cada vez mas fuerte, mis intentos por quebrarla son en en vano, se evaporan una y otra vez en el aire, cargado de humedad y olor a cuero gastado de la sala.

El proyector escupe el último fotograma de ¨La Ciénaga”, luego de noventa minutos de silencio atroz.
Ana despega del suelo y se arroja hacia la salida, desplazándose a la velocidad de la luz.
Atraviesa la puerta de la sala y aprieta el acelarador, en dirección a la Avenida 9 de Julio, con la esperanza de perderme el rastro entre una multitud de cuerpos afiebrados, que transitan la arteria del sábado por la noche.
Ana se detiene repentinamente frente a la fachada del Teatro San Martín y suspende la huída.
Aprovecho la pausa y por fin logro alcanzarla. Me instalo a escasos metros, como un voyeur que busca desesperadamente no ser descubierto por su presa.
Me dedico a contemplar su figura imposible, bañada por la luz rebelde de una marquesina ,
que emerge de un cartel polvoriento del Teatro.
A pesar del bullicio y del concierto de ruidos inútiles, me dejo perder una vez más en la curvatura infinita de sus labios, en el desierto que cuelga debajo de sus párpados, en la suave ínea construida alrededor de sus senos , en la geografía perfecta de su cuello, dibujada una y otra vez , en más de una noche consumida por el insomnio.

Al principio, mis frecuentes visitas al caserón de la Calle Serrano, perseguían como único objetivo, la búsqueda del fantasma literario de Julio Cortazar, ilustre inquilino que habitase la propiedad en la década de los cuarenta, antes de su exilio definitivo en tierras parisinas.
En los límites de aquel caserón, anclado en el corazón palpitante de la Plaza Serrano, tal vez encontraría un manuscrito oculto, un borrador inédito o una carta de amor escrita en la adolescencia del autor. Pero el tesoro literario nunca fue hallado y mi plan, como tantos otros planes tejidos en el calendario, acaba siendo devorado por las fauces del olvido y masticado por la desidia.

Años mas tarde, ya instalado en mi exilio al otro lado del Atlántico, de vez en cuando vuelve a asaltar mi memoria la geografía de cada una sus habitaciones, el trazado imperfecto de las escaleras, la colección de grietas aferradas al cielorraso, el sonido de la voz de Ana, invadiendo cada lalitud y longitud de la casa de la Calle Serrano, se resiste a desaparecer y se aferra con las uñas al hemisferio izquierdo del cerebro.

Ana gira 360 grados, la luz pálida, instalada en la piel de la marquesina, la abandona subitamente, déjandola húerfana en las sombras. Ella descubre de inmediato mi escondite y avanza con los pies apretados al suelo, dispuesta a fusilarme sin piedad, con alguno de sus viejos reproches, a los que ya me tiene acostumbrado.
El aire se vuelve insoportablemente denso, la tensión entre los dos cuerpos enfrentados, crece y se hace cada vez mas fuerte, descosiendo los cordones del segundo.
Subitamente, la piel del asfalto se congela y se un iceberg , que nos aisla del resto de la multitud .
Me dispongo a recibir el disparo letal, abandonando cualquier atisbo de resistencia.
Me abrazo a la idea una despedida inevitable, que estremece con violencia la carne y sacude los cimientos de las venas.
Ana estira la mano en cámara lenta, desprende una caricia distante y huérfana.
La caricia es efímera, divorciada del resto del cuerpo y se desvanece de forma inmediata,
apenas entra en contacto con la superficie cobarde de mi piel.
Ana construye una frase amable y conciliadora, que me devuelve el aliento secuestrado en la penumbra del cine Cosmos.
Las paredes del iceberg de quiebran y los dos pactamos una reconciliación a medias. Ana apunta la brújula hacia el lado Norte del Obelisco y me propone apagar la sed de la noche, en una mesa abrazada a la ventana del café Premiere.
Finalmente rematamos las sobras de la noche en el laberinto de una conversación inútil, que acaba naufragando con los primeros aullidos del alba.
Ana es la primera en abandonar la mesa. Se zambulle en el asiento de un taxi,
de regreso a su pequeño y confortable Universo de la Calle Serrano.
En cuanto a mí, aniquilo la cuenta y me arrastro en en el Desierto de la Calle Pueyerredón,
hasta alcanzar el primer tren que descansa en las vías dormidas de la Estación Once.









Ofelia

Ofelia guarda un pedazo de infancia en el bolsillo.
Los grises brotan violentos en Varsovia,
la mañana gélida muerde la despedida,
una caricia ahogada de la Madre,
una lágrima enjaulada del Padre,
se alejan y se desvanecen en una nube de maletas.

Ofelia afloja la cerradura de los párpados
y aprieta los dedos contra un instante rabioso.
Contempla las piezas del Gigante de Vapor,
flotando en un mapa de tierras lejanas.
La sombra de la Guerra, avanza con patas de rinoceronte
dejando cicatrices de bombas en las venas de Europa.

Ofelia desembarca en un país sin acento,
Apoya su exilio en los hombros de la ciudad huérfana,
La brisa se impregna de rostros extranjeros,
las calles susurran melodías agridulces,
y palpitan sueños imposibles de retorno.

Ofelia cría una manada de fantasmas,
deambulan sonámbulos ,entre fotos amarillentas
y palabras extirpadas del estómago de una carta.
El olvido se instala cómodo y sereno,
en la comisura de las horas y los labios del minuto.


Memoria

Un tempano.
un iceberg.
Navega en un océano de pasillos con aroma estéril.

Un agujero.
Un hueco.
intenta abrirse paso en un ejército de ojos,
disparan silencios en la espalda.

La mano de la Enfermera,
pulcra y tan amable.
La caricia de la aguja,
la melodía de respirador artifcial.

El llanto de la Madre,
rompe la calma, atada con hilos de zapatos.
La risa ausente del padre,
se desvanece con el rumor de un Desierto.

Mirada

Mira hacia el horizonte reventado,
Al cielo amordazado por las nubes,
A la herida ciega brotando de los edificios,
A los oficinistas avanzando hacia el Matadero.

Mira a la ciudad manchando la tarde de grises,
A los desposeídos tejiendo un cáncer de avenidas,
A los exiliados cavando fosas en el asfalto,
Al silencio deteniendo la rueda,
arrastrándola hacia un abismo de movimientos inútiles.

Mira hacia los lunáticos conspirando un golpe ,
A la fantasía deformada del espejo,
Al Calendario apretando el gatillo.
Los meses son fusilados a quemarropa.

La Levedad

La piel se congela
El corazón golpea lento, palpita entre agujeros
El cráneo traza un mapa de ideas imposibles,
Los ojos desatan un combate contra los párpados, se extiende durante horas,
y finaliza con la primera campanada del sueño.
La carne se aligera, pesa menos y flota leve en una nube de ventanas.
Los brazos, las piernas y las manos se desconectan del cuerpo,
Inician su exilio hacia un país extranjero.

Ella abandona la habitación, con el primer grito del alba,
Se aleja, arropada en una extraña atmósfera de dudas.
Su aroma se resiste a fugarse y se aferra con los dientes a la cama,
A un cementerio de caricias y de besos abortados.
El inicia un lucha cuerpo a cuerpo, para retener un segundo más de aliento.
Ella intenta descifrar un jeroglífico de palabras moribundas
El intenta detener el avance de un ejército de excusas,
atrapados en una carta de despedida,
fría como un Iceberg a punto de chocar contra el Titanic.

LLuvia

Lluvia.
Las gotas penetran en el vientre del asfalto.
Rumor de infancia perdida,
Aroma a Primavera amarga,
A despedida huérfana,
A cadáver de horizonte, enterrado en una siesta.

Sudestada.
La herida del cielo escupe desiertos,
Golpean con violencia una tarde sin memoria.
Asoman las garras afiladas del Lunes,
clavándose en los hombros de un Domingo inútil.

Alejandra

Ay Alejandra!
Tu voz de mariposa vestida con pies de monstruo,
Tu piel suicida, embiste contra los relojes,
Tus versos cruzan los puentes viejos de París,
y aterrizan a salvo en una esquina pálida de Buenos Aires.

Tu piedra de locura desgarrada,
Tu mirada errante, calmando la sed de las brújulas,
La soledad descosida entre tus labios,
La muerte deambula en tu bosque de somníferos,
Tu risa tímida, atrapada en la jaula del llanto.

Pobre Alejandra!
Tus alas mutiladas, duermen la siesta de los pájaros,
Tu tristeza atada a los hombros de una página,
Tu nombre condenado, al derecho y al revés,
naufraga violento, en la tempestad de tu apellido.