Ay
Alejandra!
Tu
voz de mariposa vestida con pies de monstruo,
Tu
piel suicida, embiste contra los relojes,
Tus
versos cruzan los puentes viejos de París,
y
aterrizan a salvo en una esquina pálida de Buenos Aires.
Tu
piedra de locura desgarrada,
Tu
mirada errante, calmando la sed de las brújulas,
La
soledad descosida entre tus labios,
La
muerte deambula en tu bosque de somníferos,
Tu
risa tímida, atrapada en la jaula del llanto.
Pobre
Alejandra!
Tus
alas mutiladas, duermen la siesta de los pájaros,
Tu
tristeza atada a los hombros de una página,
Tu
nombre condenado, al derecho y al revés,
naufraga
violento, en la tempestad de tu apellido.
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