Wednesday, August 13, 2014

La ciénaga

Ana lanza una mirada mísil, que estalla en la butaca de la tercera fila del cine Cosmos.
La mirada rápidamente se transforma en una muralla.
La intento quebrar sin éxito, con alguna sonrisa torpe.
Ana se mantiene inmutable, con lás pupilas atadas a la pantalla.
La muralla se vuelve cada vez mas fuerte, mis intentos por quebrarla son en en vano, se evaporan una y otra vez en el aire, cargado de humedad y olor a cuero gastado de la sala.

El proyector escupe el último fotograma de ¨La Ciénaga”, luego de noventa minutos de silencio atroz.
Ana despega del suelo y se arroja hacia la salida, desplazándose a la velocidad de la luz.
Atraviesa la puerta de la sala y aprieta el acelarador, en dirección a la Avenida 9 de Julio, con la esperanza de perderme el rastro entre una multitud de cuerpos afiebrados, que transitan la arteria del sábado por la noche.
Ana se detiene repentinamente frente a la fachada del Teatro San Martín y suspende la huída.
Aprovecho la pausa y por fin logro alcanzarla. Me instalo a escasos metros, como un voyeur que busca desesperadamente no ser descubierto por su presa.
Me dedico a contemplar su figura imposible, bañada por la luz rebelde de una marquesina ,
que emerge de un cartel polvoriento del Teatro.
A pesar del bullicio y del concierto de ruidos inútiles, me dejo perder una vez más en la curvatura infinita de sus labios, en el desierto que cuelga debajo de sus párpados, en la suave ínea construida alrededor de sus senos , en la geografía perfecta de su cuello, dibujada una y otra vez , en más de una noche consumida por el insomnio.

Al principio, mis frecuentes visitas al caserón de la Calle Serrano, perseguían como único objetivo, la búsqueda del fantasma literario de Julio Cortazar, ilustre inquilino que habitase la propiedad en la década de los cuarenta, antes de su exilio definitivo en tierras parisinas.
En los límites de aquel caserón, anclado en el corazón palpitante de la Plaza Serrano, tal vez encontraría un manuscrito oculto, un borrador inédito o una carta de amor escrita en la adolescencia del autor. Pero el tesoro literario nunca fue hallado y mi plan, como tantos otros planes tejidos en el calendario, acaba siendo devorado por las fauces del olvido y masticado por la desidia.

Años mas tarde, ya instalado en mi exilio al otro lado del Atlántico, de vez en cuando vuelve a asaltar mi memoria la geografía de cada una sus habitaciones, el trazado imperfecto de las escaleras, la colección de grietas aferradas al cielorraso, el sonido de la voz de Ana, invadiendo cada lalitud y longitud de la casa de la Calle Serrano, se resiste a desaparecer y se aferra con las uñas al hemisferio izquierdo del cerebro.

Ana gira 360 grados, la luz pálida, instalada en la piel de la marquesina, la abandona subitamente, déjandola húerfana en las sombras. Ella descubre de inmediato mi escondite y avanza con los pies apretados al suelo, dispuesta a fusilarme sin piedad, con alguno de sus viejos reproches, a los que ya me tiene acostumbrado.
El aire se vuelve insoportablemente denso, la tensión entre los dos cuerpos enfrentados, crece y se hace cada vez mas fuerte, descosiendo los cordones del segundo.
Subitamente, la piel del asfalto se congela y se un iceberg , que nos aisla del resto de la multitud .
Me dispongo a recibir el disparo letal, abandonando cualquier atisbo de resistencia.
Me abrazo a la idea una despedida inevitable, que estremece con violencia la carne y sacude los cimientos de las venas.
Ana estira la mano en cámara lenta, desprende una caricia distante y huérfana.
La caricia es efímera, divorciada del resto del cuerpo y se desvanece de forma inmediata,
apenas entra en contacto con la superficie cobarde de mi piel.
Ana construye una frase amable y conciliadora, que me devuelve el aliento secuestrado en la penumbra del cine Cosmos.
Las paredes del iceberg de quiebran y los dos pactamos una reconciliación a medias. Ana apunta la brújula hacia el lado Norte del Obelisco y me propone apagar la sed de la noche, en una mesa abrazada a la ventana del café Premiere.
Finalmente rematamos las sobras de la noche en el laberinto de una conversación inútil, que acaba naufragando con los primeros aullidos del alba.
Ana es la primera en abandonar la mesa. Se zambulle en el asiento de un taxi,
de regreso a su pequeño y confortable Universo de la Calle Serrano.
En cuanto a mí, aniquilo la cuenta y me arrastro en en el Desierto de la Calle Pueyerredón,
hasta alcanzar el primer tren que descansa en las vías dormidas de la Estación Once.









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