Ofelia
guarda un pedazo de infancia en el bolsillo.
Los
grises brotan violentos en Varsovia,
la
mañana gélida muerde la despedida,
una
caricia ahogada de la Madre,
una
lágrima enjaulada del Padre,
se
alejan y se desvanecen en una nube de maletas.
Ofelia
afloja la cerradura de los párpados
y
aprieta los dedos contra un instante rabioso.
Contempla
las piezas del Gigante de Vapor,
flotando
en un mapa de tierras lejanas.
La
sombra de la Guerra, avanza con patas de rinoceronte
dejando
cicatrices de bombas en las venas de Europa.
Ofelia
desembarca en un país sin acento,
Apoya
su exilio en los hombros de la ciudad huérfana,
La
brisa se impregna de rostros extranjeros,
las
calles susurran melodías agridulces,
y
palpitan sueños imposibles de retorno.
Ofelia
cría una manada de fantasmas,
deambulan
sonámbulos ,entre fotos amarillentas
y
palabras extirpadas del estómago de una carta.
El
olvido se instala cómodo y sereno,
en
la comisura de las horas y los labios del minuto.
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