Miles
lanzó un Sí bemol gigante.
La
nota se escapó del vientre de la trompeta,
acarició
los labios del contrabajo,
perforó
el útero redondo de la bateria.
Atravesó
los muros del café del Greenwich,
Invadió
los corazones negros del Harlem,
Estremeció
las jeringas de los dealers de la quinta Avenida,
Sacudió
el estómago hambriento de los beatniks de la plaza Washington,
explotó
el cráneo de un escritor hundido en un motel del Bronx,
y
cruzó a pié el Puente de Brooklyn,
hasta
mojar los pies desnudos en la ribera del Río Hudson.
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