“Un trabajo que lentamente te aniquila”, la frase deambulaba en la cabeza de Miguel.
Desde hace unos años, no se sabe exactamente cuantos, pero si los suficiente para sentirse atrapado en una jaula de escritorios, ordenadores, informes, carpetas y documentos, que lo asfixian de lunes a viernes, sábado y domingo una dosis efímera de libertad, que se extingue el lunes por la mañana, justo en el instante en que empieza el bombardeo del reloj despertador.
Miguel soñaba con una vida de escritor, que le proporcionaría viajes por el mundo, noches de bohemia edulcoradas con gotas de exceso de alcohol y drogas, encuentros con artistas, relaciones esporádicas con mujeres atractivas y toda esa clase de cosas que conforman el ideal del artista que vive al limite y disfruta cada minuto como si fuese el ultimo.
Miguel abre los ojos y descubre que aun continua encadenado a un escritorio, una silla, una montaña de papeles y un jefe de departamento, que merodea como un perro, vigilando que cada esclavo, cumpla con las tareas asignadas por el Director de la empresa, que a su vez vigila que el Jefe de Departamento cumpla con la obligación de mantener el orden en la la oficina. Cualquier intento de romper con las reglas establecidas, se traduce en un despido fulminante, sin goce de sueldo ni vacaciones pagas.
A pesar de esto, Miguel encuentra un hueco por la noche, le arranca horas al sueños, se desangra en el vientre del Insomnio y navega, atravesando un océano de palabras vomitadas, párrafos abortados, lineas que intentan trazar el mapa de una historia y personajes siniestros, paridos con cesare en la mitad de la noche. La pagina escrita, cuando logra por fin dar a luz en el filo del amanecer, es un refugio anti bombas, un bote salvavidas, una patada en el culo a la monotonía, una bocanada efímera de aire fresco que abre un hueco en la pared contaminada de la habitación.
Cada noche, Miguel se viste con su vieja armadura, desempolva la espada oxidada del armario y se lanza a pelear contra los ejercito de la monotonía, el vacío, la vulgaridad y el sinsentido, que inician su ataque nocturno.
La batalla es cruenta, ya que los ejércitos poseen armas avanzadas y una legión de soldados bien preparados. Miguel, solo con su espada, intenta frenar el avance de las tropas, aunque el combate es desigual, ya que las fuerzas del enemigo son superiores en , Miguel no se rinde y pelea con dignidad hasta los primeros minutos del alba, momento en que las tropas inician la retirada temporal, desplazándose hacia otro frente de combate.
Miguel se quita su armadura, guarda la espada en el cajón del armario y acuesta en la cama, agotado y herido, por los ataques del enemigo. Pero el descanso sera breve, ya que es interrumpido por el bombardeo del reloj despertador, que inicia su ataque a las 7 en punto.
Miguel abre los ojos, pesados como agujas y apoya los pies desnudos en el suelo. Atraviesa mordiendo las paredes de la habitación y esquivando botellas rotas y colillas de cigarrillos, restos del combate librado durante la noche anterior.
En apenas una hora, estará nuevamente sentado en el escritorio de su jaula matinal, esperando que las horas inútiles avancen, hasta desembocar en el sonido la campana salvadora de las 5 de la tarde, que le devuelva temporalmente su libertad.
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