Y un día no muy lejano, Buenos Aires se desprendió del continente, levó anclas y se transformó subitamente en una balsa gigante, que avanzó a través de la ribera del Río de la Plata, rozando peligrosamente las costas uruguayas. Del otro lado del Río de la Plata, los uruguayos contemplaban como espectadores de lujo, el increíble fenómeno ,que esa mañana sacudía la tranqulildad montevideana. Aunque en el fondo , no se dejaban sorprender demasiado, quizás por aquel viejo mito popular, que afirma que sus vecinos, siempre han tenido los ojos demasiado apuntados hacia Europa y siempre han soñado con arrancarse de un tirón, ese pesado karma de habitantes del fin del mundo.
Un centerar de científicos fueron convocados en el Aula Magna de la Facultad de Ciencias Naturales de la Avenida Córdoba. Tras realizar comprobaciones físicas, cálculos matemáticos y análisis geológicos de alta precisión, realizados con con aparatos con tecnología defectuosa y obsoleta, los científicos llegaron a una conclusion casi unánime: el hundimiento seria inevitable y se produciría en el preciso instante, en que la improvisada ciudad- balsa alcanzase la línea oeste del Meridiano de Greenwich, a la altura aproximada del paralelo de Groenlandia.
En cuanto a mí, en calidad de extranjero exiliado en el Viejo Continente y movilizado por un violento ataque de nostalgia, cultivada a traves de los años con pulsaciones de Piazzola y Cronopios de Cortazar, decidí reunirme con varios de mis compatriotas, agolpados desde primeras horas en las puertas de la embajada en Madrid, a la espera de noticias.
La fantasía del retorno, construida en mas de una noche de insomnio, ahora se hacía realidad y de manera impensada. El sur cruzaba a nado el inmenso charco de agua que desde siempre nos había estado distanciando.Claro que el nuevo escenario abría ciertas dudas en el horizonte y algunos , los mas pesimistas, especulaban con que el destino final no sería la península ibérica, sino que la balsa acabaría desembarcando en lejanas tierras Australianas.
A todo esto, los porteños, verdaderos protagonistas de la historia, ahora convertidos en improvisados pasajeros de una ciudad flotante, intentaban mantener la rutina y el caos cotidiano, aunque estaba claro que nadie era ajeno al fenómeno, que invadia las charlas de café, programas de radio y tertulias de televisión, desplazando a un segundo plano los acalorados debates políticos y las siempre eternas discusiones sobre fútbol. La idea de convertirse en europeos, dividía a la sociedad entre sus partidarios, en su mayoria familias Aristócratas de Bario Norte y sus detractores, humildes habitantes de las zonas pobres del Sur y fervientes defensores de la tradición latinoamericana.
Sin embargo ambas partes enfrentadas, coincidian en que en caso de un probable y casi seguro hundimiento, las primeras en saltar del barco serían las ratas de la Calle Balcarce.
Finalmente, luego de dos días de intensa navegación, a una velocidad promedio de unos doscientos nudos por hora, casualmente la misma alcanzada por el Titanic antes de chocar su trompa contra un un iceberg, la proa de la balsa acariciaba la linea oriental del temido Meridiano de Greenwich.
El aire cortó las garagantas de las ciento doce personas agolpadas frente a las puertas de la embajada de Madrid, incluso la mía, que esperaba junto a los demás un deselance trágico, similar al del famoso Trasatlántico.
Pero contra todo pronóstico, el hundimiento no se produjo y la balsa detuvo los motores,treinta metros antes de alcanzar la linea de Greenwich. Una inmensa sensación de alivio recorrió velozmente las calles de Buenos Aires, destrabando los estómagos anudados de sus diez millones de habitantes.
Lo cierto es que la balsa no se hundió, pero tampoco siguió avanzando, estancándose en el medio del océano. El resultado provocó una ola de desilusión en la multitud reunida en la embajada, que poco a poco fué abandonando las inmediaciones del edificio de Gran Vía, regresando a casa con amargo sabor de desilusión en la boca.
Pasaron los dias, pasaron los meses y los años. La noticia sobre el fenómeno se fue desvaneciendo, hasta transformarse en una simple anécdota. Los debates políticos y las apasionadas discusiones sobre futbol volvieron a ocupar su lugar de privilegio en las charlas de café, condenando al olvido el viejo sueño de convertir a Buenos Aires en la nueva Paris.
En cuanto a mí, sigo alimentando mi nostalgia crónica con pulsaciones de Piazzola y Cronopios de Cortázar, aunque en el fondo, guardo esa pequeña aunque débil esperanza, de que algún día, no demasiado lejano, podré recuperar mi karma de habitante del fin de mundo.
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