Ernesto despertó como
de costumbre, atacado por el bombardeo del reloj despertador, que lo
arrancan de los brazos de la cama y lo depositan, como cada mañana,
en los pies de la jornada.
Ernesto se viste con su
armadura de traje y corbata, toma su café descafeinado, sin azúcar
y sin alma y se prepara para abandonar su pequeño paraíso
suburbano.
Ernesto espera la
llegada del tren de las 8: 20, que deposita a el y a esa otra manada
de trabajadores, en agujeros del tamaño de 8 horas, cinco días y
doce meses continuos, distribuidos en una media de 40 años, que a su
vez equivalen a una media de 76.800 horas, 9600 días y 480 días,
descontando vacaciones, ausencia por enfermedad y fines de semana.
Cualquier intento de cambio o variación en estas cifras, provocaría
una alteración en el Universo, inmensamente proporcional a las de
las dos cucharaditas de café en el desayuno de Ernesto.
Afortunadamente, el tren llega a la hora prevista y el arribo a los
agujeros se produce con éxito.
Ernesto desembarca en
su agujero. Se sienta en su escritorio, abre un cajón de la mesa y
se sumerge en las profundidades de un océano habitado por
documentos, archivos, memorándum, informes, estadísticas, reportes,
previsiones, análisis y otros tantos peces, que por cierto, no se
llevan del todo bien con el y de vez en cuando le muerden la uña del
dedo.
A las 11:25, El señor
M, Jefe del departamento, aterriza en el estanque de Ernesto.
Ernesto sube a la superficie y abandona por unos segundos las
profundidades de su océano y asciende a la superficie. El señor M,
dispara su pregunta rutinaria, que consiste por lo general, en un
informe detallado del estado económico, financiero y moral del
agujero.
Ernesto devuelve el
disparo con una serie de informes, análisis, estadísticas, números,
cifras, cálculos, probabilidades, porcentajes que provocan una
sonrisa mecánica en el señor M, seguida por la articulación de una
palmada de propiedades antárticas, en ángulo del hombro
izquierdo de Ernesto.
El señor M se despide
y se aleja, en busca del resto de los estanques, que aun restan por
explorar en el transcurso de esa mañana. Ernesto vuelve a hundirse
en su océano y proseguir con su tarea, con la seguridad de sentirse
una pieza clave y fundamental, dentro de la estructura funcional del
agujero.
A las 17:01, le reloj
de pared, colocado en forma estratégica en el centro del agujero,
anuncia que la jornada ha finalizado. Ernesto sube a la superficie y
abandona temporalmente su océano, despidiéndose temporalmente de
los peces y asegurándose que ninguno de ellos, haya osado rebelarse
contra las normas, escapándose de los limites de su estanque.
Afortunadamente, esto no sucede desde 1962, fecha en que se produce
la mayor fuga de peces en la historia y que casi provoca el cierre
definitivo del agujero.
No comments:
Post a Comment