La imagen de Buenos
Aires se debilita, se vuelve frágil y anoréxica.
El
trazado de barrios, calles, avenidas se vuelve tan borroso, que hasta
se confunde con el trazado de barrios, calles y avenidas de esa otra
ciudad. Todo se pierde, se diluye, se ahoga en la crueldad de un
océano que no hace más que separar a dos universos paralelos.
Buenos
Aires sigue ahí, latiendo intensa, dando a luz a una cotidiana
serie de atrocidades, devorando a sus habitantes y desatando en mi,
ese amor- odio que crece y se fortifica con el paso del tiempo, y
echando de menos a esos porteños que la traicionan, la abandonan y
se dejar caer los brazos seductores de alguna amante europea.
Ahora
es el preciso instante en que un recuerdo asesina a otro recuerdo, en
el que una hora se muere en el trasbordo de un avión trasatlántico,
en que una Madre llora la búsqueda del horizonte de un hijo, en el
que un padre intenta atrapar el suspiro de ese hijo en una foto, en
la lágrima de una novia impresa en la carta de despedida y en esa
herida abierta en la piel de la tierra y que se somete de vez en
cuando, a una intervención quirúrgica fallida.
Y
mientras todo avanza con pasos de gigante, yo me pierdo en esa
extraña sensación de no pertenecer a ningún lugar, en ese intenso
deseo de ser parte de la historia de algún país, en ese incesante
ir y venir, en esa búsqueda de olores y aromas que amenaza con un
nunca acabar.
Buenos
Aires sigue ahí, creciendo con el reflejo de la luna acostado sobre
el Río de la Plata, mientras yo intento arrancarlo y traerlo hasta
aquí a mi lado, confiando en que calmará mi insomnio, si duerme
entre las piernas de un Mediterráneo demasiado calmo.
Ella
sigue ahí y los dos sabemos que ya no habrá reencuentro en la plaza
de Recoleta, que ya no habrá lectura de Borges en una librería de
la calle Corrientes, que ya no habrá función en la butaca del
Teatro San Martín, ni caminata nocturna en el vientre agitado de la
peatonal Florida.
Ella
sigue ahí y todo es un continuo despedirse, un recuerdo que devora
de un solo bocado a otro recuerdo, un instante que hace el amor a
oscuras con un instante, un beso de un par de labios extranjeros que
intenta fingir que ya no hay añoranza, que nunca hubo desarraigo y
que toda la melancolía se extravió en el sello de una aduana.
La imagen de Buenos
Aires se debilita, se vuelve frágil y anoréxica. Mientras yo me
desvanezco, me desintegro y me deslizo lentamente, suavemente en
un pasado cada vez más presente.
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