Los dos planean un encuentro que amaga en convertirse en una fuga desesperada, en una escapada sin brújula, en un viaje improvisado a una isla borrada del mapa.
Los dos construyen una estrategia para arrebatar de un tirón, un par de a la insoportable levedad del calendario. Intentan dar a luz a una historia, a un prólogo que no despega y se estanca en un pantano de frases, párrafos y líneas confusas.
Se esperan, se miden y controlan matemáticamente cada uno de sus movimientos, jugando a un ajedrez de minutos y segundos.
Se arman de valor y finalmente deciden lanzar una caricia fulminante, derribando los cimientos de una cárcel invisible, construida con dudas y secretos del pasado.
Aprietan con fuerza los cuerpos y se aferran un bote salvavidas, con la esperanza de evitar un naufragio que se asoma inevitable.
Disparan un abrazo letal, que cruza la frontera de la ventana y aterriza a salvo en una esquina huérfana.
Los dos flotan en una nube de piernas, manos y brazos que penetra cada metro cuadrado de la habitación.
Con el primer grito del alba, un ejército de relojes conspiradores los separa y los destierra de su pequeño refugio.
Salen afuera y colisionan contra un iceberg, anclado en el umbral del portal del edificio.
Un ejambre de transeuntes contemplan con indiferencia la escena.
De repente, un aroma a despedida los invade, acuchilla las partículas del aire y amenaza con hacer estallarlo en mil pedazos. Antes de la partida, cruzan una mirada fugaz que muerde los bordes del silencio.
En cuestión de segundos, inician un exilio lento.Los dos se convierten nuevamente en dos extranjeros, en dos viajeros que arrastran una maleta repleta de deseos inconclusos, en una pareja de sonámbulos atrapada en un insomnio de promesas.
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