Desde niño, Julio, siempre había sentido una extraña fascinación por el fuego.
Su primer recuerdo se remontaba a aquel espectacular incendio de la antigua papelería de la Avenida Dorrego. El hilo de llamas devorando las paredes, la nube de humo bailando en el cielo y el aroma intenso a papel quemado, penetrando en los poros sin pedir permiso, lo atraparon para siempre.
A partir de ese día, el fuego, se convirtió en un placer irresistible.
quemar, quemar, quemar. Hojas de arboles muertas, bolsas de basura abandonadas, juguetes desechados, papeles sin sentido, libretas, libros, apuntes de la escuela, latas y botellas, comida en mal estado, prendas de ropa, artefactos…
Quemar. quemar. quemar. Hasta que no quedase rastro, ni huella visible en el espacio...
Pasaron los años, la infancia dio paso a una adolescencia solitaria y alienada, marcada por el rechazo de los compañeros de bachillerato, el pánico a las fiestas de cumpleaños, la fobia a las reuniones de fin de año y la creciente indiferencia de sus padres.
Los bomberos del barrio solían invitar a Julio el pirómano, apodo con que lo habian bautizado los vecinos de Almagro, a presenciar los incendios, con la unica condición de que el no fuese el autor del siniestro.
Julio elegía sentarse unos escasos metros del siniestro, improvisando una butaca y contemplando el espectáculo desde la primera fila, que siempre finalizaba cuando la ultima gota de fuego era extinguida y el ultimo suspiro de las brasas moría en los brazos del agua.
Pero nada era suficiente, y Julio siguió quemando, quemando y quemando, convirtiendo en cenizas, todo lo que caía en sus manos.
Todo cambió esa mañana gélida de Febrero, en la que Julio decidió consumar su obra maestra, calculada matemáticamente durante las semanas previas y ensayada hasta el hartazgo en su cabeza.
Julio despertó con el alba. Se armó de su inseparable mechero Zippo y su vieja lata de benzina. Salio de su casa y avanzo lentamente, atravesando la calle desierta del domingo, hasta llegar a las inmediaciones de la plaza San Martin, lugar en el que se encontraba su objetivo.
Miró hacia un lado y miró hacia el otro, asegurandose de tener el camino despejado de testigos…
Julio abrió la lata de bencina y roció el liquido sobre el cuerpo de una mujer, elegida al azar, para cometer su acto.
Acarició el mechero y encendió la mecha sagrada...
Julio contempló con extasis, sumido en un orgasmo, como la carne y los huesos de la mujer eran devorados sin piedad por las llamas.
Quemar.. quemar.. quemar...
Por primera vez en su vida, Julio sintió como su sed por el fuego, finalmente se apagaba.
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