Sunday, August 19, 2012

Ensayo sobre la nostalgia

La imagen de Buenos Aires se debilita, se vuelve frágil y anoréxica.
El trazado de barrios, calles, avenidas se vuelve tan borroso, que hasta se confunde con el trazado de barrios, calles y avenidas de esa otra ciudad. Todo se pierde, se diluye, se ahoga en la crueldad de un océano que no hace más que separar a dos universos paralelos.
Buenos Aires sigue ahí, latiendo intensa, dando a luz a una cotidiana serie de atrocidades, devorando a sus habitantes y desatando en mi, ese amor- odio que crece y se fortifica con el paso del tiempo, y echando de menos a esos porteños que la traicionan, la abandonan y se dejar caer los brazos seductores de alguna amante europea.
Ahora es el preciso instante en que un recuerdo asesina a otro recuerdo, en el que una hora se muere en el trasbordo de un avión trasatlántico, en que una Madre llora la búsqueda del horizonte de un hijo, en el que un padre intenta atrapar el suspiro de ese hijo en una foto, en la lágrima de una novia impresa en la carta de despedida y en esa herida abierta en la piel de la tierra y que se somete de vez en cuando, a una intervención quirúrgica fallida.
Y mientras todo avanza con pasos de gigante, yo me pierdo en esa extraña sensación de no pertenecer a ningún lugar, en ese intenso deseo de ser parte de la historia de algún país, en ese incesante ir y venir, en esa búsqueda de olores y aromas que amenaza con un nunca acabar.
Buenos Aires sigue ahí, creciendo con el reflejo de la luna acostado sobre el Río de la Plata, mientras yo intento arrancarlo y traerlo hasta aquí a mi lado, confiando en que calmará mi insomnio, si duerme entre las piernas de un Mediterráneo demasiado calmo.

Ella sigue ahí y los dos sabemos que ya no habrá reencuentro en la plaza de Recoleta, que ya no habrá lectura de Borges en una librería de la calle Corrientes, que ya no habrá función en la butaca del Teatro San Martín, ni caminata nocturna en el vientre agitado de la peatonal Florida.
Ella sigue ahí y todo es un continuo despedirse, un recuerdo que devora de un solo bocado a otro recuerdo, un instante que hace el amor a oscuras con un instante, un beso de un par de labios extranjeros que intenta fingir que ya no hay añoranza, que nunca hubo desarraigo y que toda la melancolía se extravió en el sello de una aduana.
La imagen de Buenos Aires se debilita, se vuelve frágil y anoréxica. Mientras yo me desvanezco, me desintegro y me deslizo lentamente, suavemente en un pasado cada vez más presente.

Autodefinido

Algo en mi, Me come y me bebe.
Derriba una torre en mi cabeza,
Descubre el escondite de mis palabras.
Algo en mí, que no ha podido ser
Y que no se atreve a mirarse el ombligo

Superficies


Debajo de mi nombre hay una piedra,
Debajo de esa piedra, un océano,
Debajo de ese océano, se esconde una sirena,
Debajo de su aleta, una palabra que esconde otra vez mi Nombre.

Dioses (A Ernesto Sábato)

Dioses del caos, de la desesperación,
Dioses de las serpientes, las ratas y los destiladores de veneno,
Dioses del aborto, de las pestes que devoran ciudades,
Del suicidio premeditados y de los que cada noche engendramos un abismo.
Dioses de los desplazados, de los desdichados, los errantes
y de los fervientes predicadores de la infelicidad.
Dioses de los sin camino y de los infortunados por Naturaleza.

Condena

Aguja en la mano,
piedra atada al tobillo izquierdo,
Nudo al cuello,
soy el próximo preso que acaricia el muro,
esperando a que el alba me fusile.

Oda

Oda al libro perfecto
Y a sus paginas incendiarias
Al joven poeta que engendra sus versos malditos
En la atrocidad de una luna parisina.

Oda a la sangre amarga
al veneno que se desprende de tu perfume
al abismo que cuelga boca abajo en tus ojos
a la bestia salvaje que duerme entre tus piernas
A todo aquel que emborracha con el sorbo de un párrafo
que se masturba con el gemido de una palabra
que se suicida con el murmullo de una letra

Oda a la ciudad peste
a los monstruos de asfalto
a la luna amarga que mastica cabezas

¡Brindad!.

Viaje

Aprieta el gatillo
La bala muerde el cráneo,
Atraviesa la carne desnuda
y esconde la cabeza en el útero del ocaso

El autobús nos lleva hacia el Oeste.
Carretera inundada de cadáveres de Mariposa,
Una manada de cuervos merodea en el desierto,
espera la llegada de una lluvia de verano.

Iluminación

Marea de caos
Tristan e Isolda gritan
Y danzan enloquecidos sobre la cabeza de un atormentado Wagner
Naufraga la razón
Barcos de locura desembarcan en la costa
Ay, Diosa de la perdición
Embriágame con un buen vaso de veneno esta Noche,
Aléjame de esta humanidad infame.

Ah! Mi bella alma
Arropada por él ultimo suspiro del viento
Ah! Mitad siniestra
Abandona tu ostracismo
Sedúceme una vez más
Conmuéveme una vez más
Ultraja la carne
Que se regocija con la debilidad de la luz.

Modelo para armar

Dedicado a Julio 
 
Un libro que se desarma
Dentro de él una historia que da a luz a otra historia
Una línea salta rabiosa del renglón
Y aterriza a salvo en la frase siguiente
Un poema asesina sin piedad a otro poema
La sangre de las letras brota de la herida y mancha la piel de la pagina

Ella prometió que volvería, en cuanto los primeros destellos de septiembre 
asomaran la cabeza.
El la espera a la distancia, confortado en su pequeño pasado presente.
Ella jura volver a amarlo, en cuanto la primera brisa de otoño abriera un hueco en el aire.
Él la desea, mientras se ahoga en un océano de rostros extraños.
Ella se compromete a pensarlo y a enviarle cada semana un fragmento de caricia.
Él recibe un buzón de silencios, mientras coloca otro cimiento en su castillo de angustias.

Un cuento incompleto, ocupando un lugar en una biblioteca repleta de huecos.
Un prologo que no despega.
Un final deambula en busca del personaje ausente.
Un AUTOR cobarde, acorralado por un ejército de pastillas Prozac, se niega a dar la cara frente al lector, que espera hambriento, la llegada de un nuevo párrafo.


Ella se aleja y cruza el otro lado del mapa.
El intenta sin éxito perderse en otros brazos, bucear en otros ojos, explorar la superficie de otros labios.
Ella lo borra de un tirón.
El se resiste a perderla y teje un puente incapaz de unir Buenos aires- Budapest.
Ella lo olvida brutalmente.
El se ata a una soga de instantes
Ella pone un punto suspensivo.
El acepta resignado y se pierde en una coma.


Algo se quiebra
Algo deja de palpitar
Algo no nace y muere en ese intervalo en que el minuto se devora al segundo, en que el aliento abandona el cuerpo y lucha por regresar a los brazos del aire.
Una silaba se escapa del verbo estar y se pierde en el abismo del verbo ser.

Los dos se reencuentran en los límites de una habitación sin nombre.
Sus manos, brazos y piernas se lanzan a una búsqueda desesperada, a una peligrosa exploración de la geografía de sus sexos. Se embarcan en feroz pelea contra el tiempo, que lentamente borra los rastros de una caricia, las huellas de un abrazo, las pistas de un beso.

Ahora los dos intentan reconstruir ese puzzle al que siempre le falta una pieza, ese complejo diagrama de miradas no correspondidas, esa débil estructura de sentimientos poco claros.
Son dos células incompatibles, dos polos opuestos, dos estrellas sin constelación, dos extranjeros intentando crear un lenguaje de señales indescifrables.
La noche los sorprende haciendo el amor a ciegas.


Micropoema

Poema de duración infinita
Como el ruido del viento mordiéndole los pies
A la brisa del Mar enamorada de la Luna,
Que se asoma en el lento frenesí de una Noche de Junio.

Sin título

Tiene ese nombre de cuento de Chejov,
De princesa desterrada de algun país del Este.
Tiene los ojos de un secreto, enterrado en el fondo del océano,
la voz de una mariposa perdida,
la piel de luna,
las manos de eclipse,
el vientre de azúcar.

El la espera en la estación de las diez y veinte,
mientras los demás se desvanecen en una mermelada de minutos.
Ella jura enviarle una sonrisa atrapada en un mensaje de texto,
Él deposita un suspiro en un buzón de correos,
Ella se aleja y se abandona en una nube de edificios
El se despide melancólico
y se emborracha con una botella de insomnio.

Estaba ahi

Supongo que he estado ahí, siempre ahí, desde tiempos sin tiempo,
desde que una madre me escupió del vientre y me dio una patada en el culo lanzándome de cabeza a este mundo
Estaba ahí cuando el imperio romano se hundió en una inmensa orgía,
Estaba ahí cuando los griegos expulsaron a sus Dioses de Atenas,
Estaba ahí cuando un joven e inseguro Rimbaud vislumbró su primera iluminación, en el sueño de una noche parisina
Estaba ahí sosteniéndole la navaja a Van Gogh, mientras impregnba un girasol en el lienzo,
Estaba ahí y creedme, hubiera preferido no haber estado, cuando Hitler dibujo su pesadilla en el mapa de una Europa agonizante
Fui yo y no otro, el que apretó el botón que dejo caer la Bomba en Hiroshima y que al no saciar mi hambre, decidió apretar el segundo botón que pulverizo a Nagasaky
Estaba ahí cuando la bala acarició el cráneo de Kennedy y asesino al sueño de una década.

Estaba ahí, he estado siempre.
He visto a los mejores criaturas de mi generación deleitándose con las babas de una guerra, arrodillándose ante los falsos mitos, alabando pervertidos predicadores televisión, sodomizando el presente en una inmensa nube de pastillas Prozac, incendiando el futuro, violando el vientre de la Naturaleza.

Estaba ahí.

Marylin decidió morir

Esa noche Marilyn decidió morir.
Colgó el teléfono y echo la ultima gota del perfume Chanel Nº 5 en su piel.
Es noche Marilyn comprendió que los caballeros quizás no siempre las prefieren rubias y que ser estrella de cine, no asegura que alguien ocupe un lugar, en la cama fría de una mansión de Hollywood Este.
Esa noche Marilyn lloró, después de años de contener estoicamente las lagrimas y su llanto desdibujó ese lunar fotogénico, que descansaba justo ahí, en el lado derecho de la mejilla y a escasos centímetros de unos labios que ningún hombre que habitase la faz de la tierra, se hubiese resistido a besar.
Esa noche Marilyn dejo de ser una fantasía y se convirtió nuevamente en esa niña huérfana, que espera a una Madre alcohólica, que nunca llega a tiempo a la hora de cenar.
Atrás quedaban las crisis nerviosas, las internaciones en clínicas de rehabilitación, los matrimonios naufragados, los autógrafos firmados en servilletas de papel de restaurante, los paseos en limousine alquiladas, los viajes en avión de primera clase, las suites reservadas en hoteles de lujo, las marquesinas luminosas decoradas con su nombre y las horas de espera en el infierno de un rodaje.
Atrás quedaban las amenazas de John F, los insultos prolongados de Henry y los silencios indescifrables de Joe. ¡Pobre Joe!, ¿Que será de el, quien lo consolaría, ahora que su mariposa había tomar la decisión de volar sin ese cordel que siempre la devolvía sana y salva a tierra? ¡Pobre y desdichado Joe! La frase rebotaba en el espejo, mientras el peine se deslizaba amablemente en su triste universo de rubia platinada.
Marilyn abrió el cajón. Desempolvo la vieja colección de Prozac y una polvorienta botella de Don Perignon, reservada única y exclusivamente para casos de emergencia.
Bajo las persianas, cerro las puertas, trabo las ventanas y se escondió de los hostiles flashes de las cámaras, de los crueles titulares sensacionalistas, de las superficiales fiestas de la alta sociedad, de las hipócritas amistades influyentes y de toda esa manada de críticos despiadados que se dedicaron a destrozarla años tras año.
Esa noche cálida del 62, Marilyn decidió apagarse y detener la cuenta en treinta y seis primaveras. Su cuerpo se volvería invisible, su huella se borraría del paseo de la fama y quizás con suerte, recuperaría a Norma Jean.