El desierto arrastra los pies descalzos
La muerte merodea, sedienta
Y se abraza al ombligo de la luna
La ciudad procrea una manada de ciegos
Que se deja acariciar por la piel fría de un océano
La noche camina sobre la cornisa del alba
Seduce a los desposeídos con un suave vestido de serpiente.
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