Saturday, February 19, 2011

Sensaciones II


Algo se bebe a la Sed de mis palabras
Descubre el escondite de un secreto
Avanza y derriba una torre en mi cráneo
Embiste, como una manada de elefantes moribundos
Nada, como un pez ciego fuera del estanque
Boxea contra un pensamiento inútil

Algo atrapado en la jaula de una frase
Nace en mi Infancia de viejo
Y a pesar de conocerme,
Aun no se atreve a mirar de cerca a mi Ombligo.

Travesía

 
El paciente se acomoda en a proa del sofá.
La analista, al frente de la expedición,  descubre un iceberg, rodeado por una flota de miedos, fobias, alucinaciones, depresiones y pecados de infancia.
La marea sube, violenta.
La tormenta se prolongará durante los próximos cuarenta y cinco minutos de travesía.
El se ahoga en las profundidades del inconsciente, tropieza y cae en un agujero plagado de culpas.
Ella lo rescata, abriendo un pequeño bote salvavidas escondido en su Block de notas.
El sube a la superficie.
El cielo de se despeja. Las aguas se calman.
El barco se endereza y evita el naufragio.
Ella le entrega una brújula de 30 miligramos diarios.
El suspira y acepta aliviado, su dosis de felicidad comprimida.

Sunday, February 6, 2011

Ensayo sobre la nostalgia


La imagen de Buenos Aires se debilita, se vuelve frágil y anoréxica.
El trazado de barrios, calles, avenidas se vuelve tan borroso, que hasta se confunde con el trazado de barrios, calles y avenidas de esa otra ciudad. Todo se pierde, se diluye, se ahoga en la crueldad de un océano  que no  hace más que separar a dos  universos  paralelos.
Buenos Aires sigue ahí, latiendo intensa, dando a luz a  una cotidiana serie de atrocidades, devorando a sus habitantes y desatando en mi, ese amor- odio que crece y se fortifica con el paso del tiempo, y  echando de menos a esos porteños que la traicionan, la abandonan y se dejar caer  los brazos seductores de alguna amante europea.
Ahora es el preciso instante en que un recuerdo asesina a otro recuerdo, en el que una hora se muere en el trasbordo de un avión trasatlántico, en que una Madre llora la búsqueda del horizonte de un  hijo, en el que un padre intenta atrapar el suspiro de ese hijo en una foto, en la lágrima de una novia impresa en la carta de despedida y  en esa herida abierta en la piel de la tierra y que se  somete  de vez en cuando, a una intervención quirúrgica fallida.
Y mientras todo avanza con pasos de gigante, yo me pierdo en esa extraña sensación de no pertenecer a ningún lugar, en ese intenso deseo de ser parte de la historia de  algún país,  en ese incesante ir y venir, en esa búsqueda de olores y aromas que amenaza con un nunca acabar.
Buenos Aires sigue ahí, creciendo con el reflejo de la luna acostado sobre el Río de la Plata, mientras yo intento arrancarlo y traerlo hasta aquí a mi lado, confiando en que calmara mi insomnio, si duerme entre las  piernas de un Mediterráneo demasiado calmo.

Ella sigue ahí y los dos sabemos que ya no habrá reencuentro en la plaza de Recoleta, que ya no habrá lectura de Borges en una librería de la calle Corrientes, que ya no habrá función en la butaca del Teatro San Martín, ni caminata nocturna en el vientre agitado de la peatonal Florida.
Ella sigue ahí y todo es un continuo despedirse, un recuerdo que devora de un solo bocado a otro recuerdo, un instante que hace el amor  a oscuras con un instante, un beso de un par de labios extranjeros que intenta fingir que ya no hay añoranza, que nunca hubo desarraigo y que toda la melancolía se extravió  en el sello de una aduana.
La imagen de Buenos Aires se debilita, se vuelve frágil y anoréxica.  Mientras yo me desvanezco, me desintegro   y me deslizo  lentamente, suavemente en un pasado cada vez más  presente.